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El otro día fui como todos los martes a las 16 h para darle clases de lecto- escritura a un niño de 6 años, pero no apareció. Mi jefa y yo nos mosqueamos porque ya era la segunda vez que nos lo hacía y ayer decidimos que yo no aparecería. La señora asustada le pidió disculpas a mi jefa, pues yo estaba plácidamente mirándome las uñas en mi casa mientras mantenían esta conversación. Parece ser que nos traía una caja de bombones. No sólo eso también parece ser que venía con son de agradecimiento y de declaración de amor “mi nieto está encantado con la profesora”, “estamos muy a gusto en esta academia” “ha aprendido una barbaridad” “quería aumentarle horas”… Cuando me lo comunicó mi jefa por un lado me sentí halagada pero por otro me dije ” qué pinta un niño de 6 años dos días a la semana yendo a una academia”.

Así que hoy cuando me encontré con la abuela le comenté: Izan está encantado de aprender, lo hace a un ritmo perfecto, disfruta y no tiene de momento ningún tipo de problema que llame mi atención como para sugerirte que venga más horas. Si venir le supone un sacrificio la fastidiaremos. Tú eres su abuela y tú decides, pero creo que no necesita que te preocupes en exceso, con tal de que venga una hora, que en casa lo queráis mucho y le dejéis ser un niño, absorberá como una esponja. No sé cómo le pareció a mi jefa, pero yo soy su profesora, no su madre ni su abuela. A veces educar es tan sencillo como quererles y dejarles ser. Dejen que los niños sean niños.

Xoana Goicoa

Licenciada en filología hispánica. Máster en aptitud pedagógica y máster universitario en lingüística y sus aplicaciones. Experiencia en academias, colegios, asociaciones, universidades y en el extranjero.

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