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Iván se levantó un lunes asqueado de su trabajo y ciudad. Los conductores de los coches le pitaban malhumorados y sonaban con él, en esa maňana gris, los charcos pisados por los neumáticos, casi a la vez que su voz interior le decía “odio el mundo”. Se fue dibujando en su rostro el reflejo de su percepción de la realidad y, con ello, ésta se fue tornando más objetivamente caótica. Deseó conocer a alguien con la que despotricar su angustia y conoció a una hermosa mujer que aunque tenía el corazón fruncido y su ceňo sin latido, esbozaba una sonrisa cuando describían juntos aquella realidad modificable por el sentido del humor. Iván se enamoró de su sonrisa, la ciudad dejó de pitarle, los charcos reflejaban un cielo otoñal agradecido de su presencia, y entonces su voz interior le decía esta vez: “todo el mundo me cae bien”; sin darse cuenta de que esta metamorfosis de su percepción, le traería problemas para entenderse con la musa de ese nuevo cuadro. Fue así como se alejaron porque aquella chica que odiaba el mundo le acabó odiando a él también. Así que Iván deseo esta vez que su compaňera viese el mundo como él lo veía ahora, y ella comenzó hacerlo; se abrazaron unos minutos y se fueron cada uno por su camino, entendiendo que lo que les había unido, ahora ya no lo hacía; aunque reconociesen que fue necesario encontrarse en el recorrido, transformarse juntos para dejarse después

Xoana Goicoa

Licenciada en filología hispánica. Máster en aptitud pedagógica y máster universitario en lingüística y sus aplicaciones. Experiencia en academias, colegios, asociaciones, universidades y en el extranjero.

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